El Ayuntamiento de Xixona dedicó una calle a Vicente Cabrera, el creador del Asilo, hace hoy 102 años

Después del revuelo armado con el Asilo (si D. Vicente levantase la cabeza), Alfonso Zaragoza ha rescatado lo que de él expuso en su libro Jijona de Plata y Oro, más otros reconocimientos de la figura de D. Vicente Cabrera, a quien el Ayuntamiento de Jijona reconoció con una calle el día 3 de febrero de 1924

 

 

 

 

ARTÍCULO DE ALFONSO ZARAGOZA

 

El escritor jijonenco, D. Antonio Coloma Picó, nos describe en su libro, Jijona, gentes y Paisajes, en el apartado “Lo inesperado”, la llegada a nuestra ciudad de D. Vicente Cabrera.

 

 

Vicente CABRERA ABARGUES (Font d’En Carròs, Valencia, 1826 – Jijona 1905)

“Va nàixer al poble de la Font d’En Carròs el 8 d’abril de 1826, però ja de jove s’instal-là a Xixona per
treballar en el Jutjat de Primera Instancia, on va viure fins la seua mort. Durant tota sa vida va estalviar els
diners necessaris per tal de fundar un asil, on les perso nes majors desamparades pogueren viure els
darrers anys de la seua vida. Tenía una dita que denotava el gran caràcter i determinació d’aquest home:
“Si el cos et demana xulla, dóna-li sardina; però, si alguna vegada t’apeteix menjar sardina, dóna-li gust,
encara que siga per una volta, i dóna-li sardina”. Quan va morir, el 31 d’agost de 1905, va llegar tots els
seus béns per tal de poder pagar les primeres despeses de l’asil, que fou inaugurat, gràcies a ell, el 14 de
juliol de 1917. Va ser soterrat al peu de l’altar de la capella de l’asil”23.

 

La llegada a nuestra ciudad de D. Vicente nos la describe así, Antonio
Coloma Picó:

“El nuevo escribano acaba e llegar a nuestra ciudad. Su paso por la calle principal va despertando esa curiosidad pueblerina que solo precisa de una certera ojeada de refilón para descubrir los más mínimos detalles.
El viajero se hospeda en una fondita de la calle del Vall. Ocupa una pequeña habitación trasera, con salida a una terraza, sobre un huerto de limoneros. Desde allí puede contemplar la lejanía de cumbres ocres y
azuladas que se recortan con el azul luminoso.

El nuevo huesped es hombre de buena estatura, enjuto de carnes y de pocas palabras. Componen su equipaje dos maletas y un baúl. En un armario de olorosa madera va ordenando las ropas que saca de las maletas. Los libros y papeles que llenan el baúl los acomoda sobre una mesita de pino, sin pintar.

Cuando la dueña de la casa le avisa que está dispuesta la comida, pasa a
un pequeño comedor. Sobre el blanco mantel brilla la vajilla. Le sirven “olla al forn”. Y el huesped agota pronto el plato. Arroz tan suculento como aquel no recuerda haberlo comido en ninguna parte. La apetitosa fragancia del pan recién cocido tranciende a otras piezas de la casa.

 

Nuestro escribano ha dedicado la tarde a las visitas de rigor. El párroco, el juez, el notario, el alcalde, le
dispensan una cordial acogida. Todos ellos le auguran una grata estancia en el pueblo. Al anochecer le ha
llevado el notario a dar unas vueltas por la Plaza. Y la presencia de unas esbeltas muchachas, ataviadas
con el típico mantoncito a pliegues, y su sonora charla valenciana, salpicada con el gracioso “guai”
jijonenco, impresionan gratamente al recién llegado.

Cuando el viajero regresa al hospedaje, toma unas notas en un cuadernito. Después de la cena, fatigado por el viaje -tres horas de diligencia, desde Alcoy- se retira a descansar. Al tenderse en la mullida cama, evoca la aspereza de tantas otras que ocupara por destartaladas fondas. Y un suave presentimiento de permanencia definitiva en este su nuevo destino, le obsesiona hasta quedar dormido.

¿Qué extrañas circunstancias influyeron en el ánimo de este hombre para atraerle a nuestra ciudad?
¿Obedece su venida a una de esas impremeditadas decisiones que, sin saber por qué, adoptamos aún en
asuntos de extrema importancia? ¿Acaso, entre las vacantes que leyera en la Gaceta, le sedujo el nombre
de Jijona, al asociado al de su producto famoso?

Nadie podría imaginar la honda trascendencia que tendría para el pueblo la llegada del nuevo escribano.
Pero dejémosle en su Juzgado, ordenando trámites, y firmando sentencias. Así pasará los años, hasta que
un día le sorprenda la muerte. Cuando sus albaceas –el médico y el notario- den a conocer la última
voluntad del finado, correrá por la ciudad una oleada de estupor. Porque el buen escribano, considerado
por todos como hombre raro y mezquino, ha legado toda su cuantiosa fortuna para la construcción y
mantenimiento de un Hospital-Asilo, que prestará perdurable amparo a los desheredados de Jijona.
Honremos la memoria de don Vicente Cabrera, nuestro protector, que, providencialmente, encontró en
nuestro nativo rincón, tierra propicia donde sembrar la más provechosa semilla que Dios pusiera en manos
de los hombres: la de la Caridad”24.

 

 

23. GARRIGOS SIRVENT, Bernardo, Personatges dels carrers de Xixona, Ajuntament de Xixona, 1999,
pp. 21-22 31.
24. COLOMA PICO, Antonio, Jijona. Gentes y paisajes, Alicante, C.A.P.A., 1974, pp. 127,128-129.

 

 

Asilo de Ancianos Vicente Cabrera de Xixona, gran labor social de más de un siglo

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