La sequía aguda y prolongada que sufre Xixona y su vasto término municipal no impide que arriba de verdad, en lo más salvajemente elegante de sus sierras, la espesura del bosque de carrascas, pinos y fresnos formen al paso del caminante un tupido, emparrado, túnel en los senderos que descienden, serpenteantes, desde las alturas de Els Plans hasta La Sarga por recovecos umbrosos donde el sol apenas sí tiene amigos

La Sarga es otro mundo. El lugar más gélido en invierno, más fresquito en verano y más abandonado todo el año por el Ayuntamiento de Xixona es, sencillamente, además de una pedanía de ensueño, una aldea siempre verde, en fondo y en forma.

Pese a la persistente sequía, sólo salvada hace dos días por una lívida lluvia de 9 litros cuadrados que apenas sí ha servido para quitar de un plumazo el polvo de montañas, senderos y ribazos, la Sarga siempre parece una paleta de pintor con distintas tonalidades del siempre bienvenido verde. Incluidas las sierras circundantes.


En un triángulo perfectamente armonizado entre dehesas, barrancos y laderas de carrascas quasi milenarias que separan Xixona de La Torre de les Maçanes, Alcoi y, un poco más arriba, de Benifallim. Un paisaje brutal, bestialmente oxigenado, bello por su aterciopelado verde permanente, del esmeralda al pistacho, pasando por el oliva, el musgo, el pasto y el pino, salpicado barranco arriba y abajo por el marrón limpio del fresno adormecido en pleno enero.

Es La Sarga otro mundo y no exageramos. Pues más allá del recibimiento rectilíneo de los manzanos, a cinco grados nos recibe, cuesta arriba de las pinturas rupestres turísticamente bien gestionadas por el Ayuntamiento alcoyano, una familia entera de perdices, unos pocos tordos (casi inexistentes este inverno en toda la península), una griva, negros mirlos anaranjados e incluso, ya metidos en harina, tres enormes hembras de ciervo huidizo en lo más profundo de un inmenso y selvático barranco.

Tan deprisa y tan montaraces ellas, de pelo más negro de lo normal quizás por las gotas de rocío, que, pese a ir prevenido, corren mucho más que la activación de mi dispositivo y me quedo sin grabar lo que hubiera sido un video de la naturaleza jijonenca, alcoyana y torruana en estado puro y vivo.
Otra jornada ilusionante de lo que vengo en denominar ‘Lo retrobament’, pues, tras varios meses apartados del sendero polvoriento y árido, entre pitos y flautas, el reencuentro con la naturaleza jijonenca es dichoso, ufano, radiante. Hoy, segundo jueves del nuevo año y tras una reciente precipitación que no acaba con la sequía pero la alivia, con un compañero de excepción: el gran senderista (en sentido literal y estricto) jijonencotorruano, o al contrario, Miquel Valois. (creador del fantástico grupo de Facebook SENDERISMO FOTOGRAFICO).


Dos perros de gran porte, uno pareciera de raza mastín, a su mal entendido libre albredío por abancalamientos de olivos nos hacen cambiar de planes
El plan propuesto era otro. Una ruta circular partiendo de la Sarga jijonenca, pasando junto al abrigo alcoyano de las pinturas rupestres para ascender por el barranco de la Mar de Déu de Benifallim. Pero dos perros de gran porte, uno pareciera de raza mastín, a su mal entendido libre albredío por abancalamientos de olivos nos hacen cambiar de planes y deshacer lo andado tras dar media vuelta intempestiva entre cortinas de niebla no sea que a alguno de los chuchos les dé por confundirnos con venados.

Debería conocer la situación el Ayuntamiento de Alcoy, pues los canes corriendo sueltos al lado de un lugar tan turístico como las pinturas rupestres pueden quedar en muy mal lugar.
Los venados más arriba, como también las aves de rapiña y los pájaros olivareros, a excepción este año de los guapos tordos. El trazado, siempre en ascenso desde el parking de las pinturas rupestres, está libre de polvo, pero no de otros paseantes, ni de carteles advirtiendo de los peligros de las abejas, ni de bellas estampas en lo que denominamos dehesas, con vastos abancalamientos para el sembrado de cereales salpicados aquí y allá por centenarios pinos y milenarias carrascas en un alineamiento genial, diríase noble por el empoderamiento de los árboles en todo el bello y verde entorno.

Unas gotas más finas que un fideo chino nos hacen albergar cierta ilusión de ver la nieve arriba, en la cima de Els Plans, a 1.330 metros de altitud, donde es frecuente el blanco sobre el verde. Pero el gozo en un pozo, pese a que nuestro ascenso zigzagueante por pistas forestales y quizás cinegéticas es directamente proporcional a la bajada de temperatura y al olor intenso a animal vivo, tal vez los venados que atrás dejamos y otros que, desde sus camas, nos siguen oteando en la distancia.

Los muflones, frecuentes en la zona, desde el límite mismo con Jijona y sus pozos de nieve, hoy nos están escamoteando sus enérgicas correrías por las laderas de la cordillera que asciende y se eleva, firme, hacia la cima. Ni siquiera las ovejas y cabras asilvestradas que hacen su función de cortafuego en caso de incendio.
Llegamos al repecho más pronunciado por su verticalidad. Con el mojón ya a la vista y con las manos ciertamente paralizadas, entumecidas, por el frío. La niebla se espesa por momentos, pese a que el sol mañanero que llega por La Torre de les Maçanes abre agujeros claros entre escarceos de nubes de distinto sexo. No es posible avistar tampoco Alcoi, ni la Serrella o Gorga. Ni la sierra de Almudaina. Ni siquiera la icónica Aitana.

Pero la experiencia ha valido la pena. Hasta en el descenso por recovecos umbríos, frescos, como si también de otro mundo se tratara. Es la Jijona bella y verde bestia, la más continental, gélida hasta con el imparable cambio climático. Una montaña, un conjunto de llanos, planicies, laderas y barrancos, que enamoran hasta para los ciclistas especializados que descienden a toda pastilla, como si huyeran de alguna piara de jabalíes atemorizada por perros mastines y de agarre.
El caserío jijonenco, la aldea reencontrada y perdida de La Sarga, otra bestia verde en cualquier estación del año
Regresar ya con el caliente frío del sol radiante en los azagadores que desembocan en bancales antaño cultivados de olivos, almendros y viña es placer adulto hasta llegar al punto de partida, que no es otro que el caserío jijonenco, la aldea reencontrada y perdida de La Sarga, otra bestia verde en cualquier estación del año, un remanso de paz donde no nos importaría pasar los insoportables por saharianos veranos jijonencos.

La elegante calle mayor de la pedanía (el albergue del señorío de La Sarga fue creado en la Edad Moderna por la familia valenciana Descals, con vinculaciones amplias en todo el término municipal de Jijona), la tranquilidad y pureza y autenticidad del oxígeno respirado y las hileras de manzanos verdes y rojos de la entrada y salida nos reducen el cabreo profundo que nos produce volver a ver, por enésima vez, cerrado y abandonado el albergue del Ayuntamiento de Xixona. Pero eso ya es otra historia…

Aún hay tiempo para, en descendiendo suavemente en coche la cordillera de La Carrasqueta, fotografiar al fondo la omnipresente Penya Migjorn y la bahía alicantina envueltas en un halo de misterio por mor de nubes ennegrecidas, grises y enfurecidas.


¡Volveremos!

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