Regresamos a nuestra montaña madre después de unos cuantos meses. ¿O acaso no le habéis observado a primera hora del día o última de la tarde una cara femenina sonrojada de salud, dechada de generosidad y sabiduría y paz interior, de progenitora guardiana y protectora de toda Jijona?

Regresamos a la montaña. Y no a una montaña cualquiera. Volvemos a Penya Migjorn, quizás la montaña madre del abismal y diverso término municipal de Xixona, si no de toda la provincia, de no ser porque el techo alicantino, Aitana, supera su cima con 1.558 metros sobre el nivel del mar o porque el ciclópeo picacho sin cacho frente al skiline de Benidorm, o sea el Puig Campana, se eleva también casi al cielo con brazo de gigante de 1.408 metros sobre el nivel del mar.
O con el permiso del Montcabrer de Serra Mariola, el Pla de la Casa de Serrella o el Menejador de Font Roja. O de nuestro cerro Els Plans. Y decimos nuestro, pues, pese a emerger en término de Alcoi, limítrofe con Benifallim y La Torre de les Maçanes, muchos y muchas consideramos esta cima arriba las llanuras de carrascas que desembocan en El Estepar una montaña totalmente jijonenca, al estar anexionada con el Pou del Surdo, arriba el puerto de montaña de la Carrasqueta. Como si fuéramos primos hermanos, vaya.

Regresamos, decíamos, a nuestra montaña madre después de unos cuantos meses. ¿O acaso no le habéis observado a primera hora del día o última de la tarde una cara femenina sonrojada de salud, dechada de generosidad y sabiduría y paz interior, de progenitora guardiana y protectora de toda Jijona?.

De sendero circular por una pequeña Suiza y por una larga panza
de estepa de esparteras tiernas y seca

Pues esa montaña madre, de sendero circular por una pequeña Suiza y por una larga panza de estepa de esparteras tiernas y secas, es objeto de nuestro caminar pausado pero firme que se inaugura con cielos algodonados, enfurruñados y aterciopelados.
Todo dentro de la coctelera de un cielo que pareciera estar muy próximo a las manos en recorriendo los primeros pasos de una senda que, pese a la sequía casi estructural de la zona, ofrece todavía momentos de cierta sensación de humedad al abrigo de la umbría y del escuálido rocío de la noche.

Bajo las sombras de un miércoles cualquiera, sombras vitales con faz de veracidad y meteorológicas por mor de un cielo irrefutablemente encapotado el de hoy, arrancamos más allá de la partida de Alecua y de Pineta. Entre pétalos rosáceos, casi de color de infancia, o blanquecinos; entre aleteo de insectos y abejas inofensivas; entre aromas a turrones incipientes elaborados con la mejor miel de milflores mezclada con la de romero, de encina, de lavanda, de espliego y hasta de cantueso.

Hoy el ciclópeo ojo de esa montaña maternal nos saluda enrachada a base del bravo, enfurecido, viento procedente de no se sabe dónde. Y nos muestra su faz en la tierra de modo mítico, pues asoma desde dentro del Forat de la Penya Migjorn, ese inconfundible humo aceitoso que nace de la lámpara maravillosa de Aladín, oculto en ese orificio mágico alejado del malvado brujo y recibiendo al genio de mirada de oro con el que, de nuevo, invocará el bien colectivo y general. De ese protectorado al que aludíamos antes para el pueblo del turrón.

Andábamos hoy tan poco metidos en harina de otro costal que no fuera el nuestro que, de repente, por tierras enjutas y casi lunares y calizas dispuestas en forma de puzle empedrado nos topamos con el que hemos apadrinado ya por ser nuestro almendro favorito. Ese ejemplar de común jijonenco, una suerte de árbol engendrado por la propia roca como si el genio de la lámpara hubiera dado su visto bueno a tan infrecuente forma de representar tu acta de nacimiento.
Un almendro que florece abundantemente y que nos reverencia un saludo en forma de una particular genuflexión, como si del mismísimo genio de la lampara marvavillosa se tratara.

Un almendro que reta, día y noche, las más elementales reglas del equilibrio y de la vida misma. Y que de modo muy ilustrativo resume este sendero asilvestrado de naturaleza virgen con sabor a magnos movimientos tectónicos de hace muchos siglos.
Ante tanta belleza, pese a la ausencia de verdes y rojos y blancos florales en el horizonte, nos paramos para otear el infinito que perimetrea con el Cabeçò, con el Puig Campana, con Montagut, con la cordillera kilométrica de la Carrasqueta y con otro bocado de gigante ciclópeo partiendo en dos aquella y la Primera Querena a la altura de las impenetrables (por hondas y abismales) simas de Roset.

El viento arrecia directamente proporcional al halo de misterio que se produce con nuestra llegada a la Cova dels Corrals, un lugar tan mágico como el del Forat del brujo y el genio, donde las formas onduladas de la lámpara maravillosa están silueteadas por los arañazos de gato de las paredes de roca viva y por los monumentales almendros de flores estrelladas de este lindo rincón jijonenco. Un lugar de cabañas excavadas en la roca y de corrales de animales y de taludes de piedra seca milimétrica y de depósitos de agua ancestrales que desciende suavemente por la ladera.

Hasta media docena de buitres con su lento pero denso aleteo en circunferencia, que rápidamente saltan de la faz rojiza
de oriente a la de poniente

Hasta media docena de buitres con su lento pero denso aleteo en circunferencia, que rápidamente saltan de la faz rojiza de oriente a la de poniente, le dan a este paraje, hoy miércoles, un sello de embrujo imprimido a golpe de ojo del Forat de Migjorn y su genio de la lámpara maravillosa, presente hoy hasta en lo más inmediato y escarpado del límite con Tibi.
Nos sentimos observados por alguna cabra arruí, por algún ciervo indómito, por alguna jabalina parturienta e incluso por parejas de perdices haciendo el amor ante la inminente llegada de la primavera de puesta y pollada.

Momentos de infancia y juventud tierna e inocente, de perdices y galgos y liebres y conejos y tordanchas. Y de piernas atacadas por aliagas malditas y de cañaverales con serpientes insaciables.
Y la genuflexión del genio de la lámpara de nuevo impresa a lo lejos, tras el fuego anaranjado de la montaña madre en su entraña posterior. En esa cola de humo de aceite mágico del azul turquesa marino del skiline de Alicante y el cabo de Santa Pola y de la isla llana de Tabarca.


De arriba abajo, hacia el norte, las colas de caballo de las laderas y barrancos semidesérticos que miran hacia Tibi y el Maigmó y, más allá, hacia la recordada Ibi, un pueblo cuyo crecimiento también pareciera nacido de la invocación generosa y de prosperidad del genio de la lámpara maravillosa, en contraposición con el brujo de la cueva del ojo ciclópeo de la montaña madre de Penya Migjorn, un monte preñado de misterio y, a la vez, de naturaleza bestial y virgen.





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