Fecha actual:27 mayo, 2020

El Gobierno está en deuda con el helado artesano

Nueve de la noche de un jueves en la hasta ahora siempre bulliciosa y turística Alicante. Tres heladerías, tres, en el corazón de la ciudad. Las tres con las luces encendidas y colores de fresa, nata, turrón o chocolate, pero apagadas, sin clientes para llevar el cucurucho a casa, sin bicicletas de servicio a domicilio, sin terrazas. Es el momento para que la Administración distinga con un sello oficial el helado artesano del industrial y para ayudar al sector con una campaña potente de promoción

Atribuladas. Con desazón. Así viven el día a día, y ya van la friolera de 61 jornadas, las 2.500 familias heladeras artesanas esparcidas por todos los municipios importantes de España, la mayoría originarias de Jijona. Ayer por la mañana leíamos en una red social un comentario muy apesadumbrado de uno de esos héroes del postre veraniego más nutritivo, exquisito y universal: «Nos toca vivir una situación que nosotros no hemos provocado y que nos aboca a la ruina». Por la noche, contemplábamos con indisimulada tristeza, tanta como la que viven los artesanos xixonencs del helado, esta nueva realidad y este principio del comienzo a la nueva normalidad, que, sin duda por ello, no será ya nunca o casi nunca normal.

 

Tres heladerías, tres, al menos dos de ellas (La Ibense del expresidente de la asociación patronal de heladeros artesanos y actual presidente de IFA, José Luis Gisbert; y Livanti) vinculadas estrechamente con Xixona, con sus proveedores de turrón y de otras materias primas y estrategias asociativas, abiertas en el corazón de la bulliciosa y turística capital alicantina.

Son las nueve de la noche. Las tres heladerías permanecen abiertas, con luz y color a fresa, nata, chocolate y turrón, pero apagadas: sin clientes para llevarse el cucurucho a casa, sin bicicletas de servicio a domicilio, sin terrazas…No podemos comprar ni una tarrina, ni una sola tarrinita sana y alegre, porque no la hemos pedido previamente por teléfono. Sin tumulto de gente, sin acceder al local, con todas las normas sanitarias de la nueva normalidad. ¡Un sinsentido más!.

 

Una paradoja más de esa maraña de decisiones a golpe de decreto o disposición del Gobierno en una situación altamente compleja dirigida por técnicos en epidemiología, pero poco duchos en economía básica. Que las heladerías no hayan sido durante esta cuarentena consideradas comercio, como sí las pizzerías o los kebabs, para, al menos, facilitar la venta de este sector con el que paliar siquiera parcial y mínimamente las pérdidas en sus negocios estacionales en el arranque de la primavera ha sido un agravio comparativo en toda regla. Una discriminación sin paliativos, más allá de epígrafes fiscales y otras formalidades.

Posiblemente, han fallado también los tiempos de Anhcea a la hora de elevar el tono reivindicativo, a escasos días de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciara el inicio del proceso de lo que se ha dado en llamar desescalada.

Pero el daño ya está hecho en un sector que depende de la primavera y del verano

Pero el daño ya está hecho en un sector que depende de la primavera y del verano. Un sector que lleva dos larguísimos meses observando cómo las tiendas de barrio, los supermercados y los hipermercados venden envases y envases de helado industrial. Bueno también, pero distinto.

Modestamente nos atrevemos a reclamar a este Gobierno (claramente desbordado ante esta pandemia mundial, como lo estaría cualquiera, del signo político que fuera) a que resarza de alguna manera a este colectivo que no hace, generación tras generación desde el boom de los años 60 del pasado siglo e incluso antes, sino aportarnos felicidad mientras el común de los mortales disfruta de sus vacaciones de verano.

Nuestra propuesta: que realmente se arbitre y apruebe, también por decreto, un sello de calidad distintivo oficial para que el consumidor sepa diferenciar el helado artesano del otro, el industrial. Y una campaña de potente promoción con la que dar visibilidad a miles de familias que hacen de su oficio, más que una fuente de ingresos, un auténtico modo y estilo de vida. Y, aunque agotadas a golpe de mantecadora y muchas horas de calor y trabajo, siempre con una sonrisa en sus labios.

Bernat Sirvent Coloma

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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