El ir y venir de senderistas y ciclistas de montaña en el Pou del Surdo

Caminar desde la Venta Teresa por el Camí Vell d’Alcoi hasta el icónico pozo de la nieve junto al hotel (tristemente cerrado desde hace un año) y regresar por la pista forestal a lo largo de toda la cordillera de la Carrasqueta hasta la Penya Reona es redescubrir, de nuevo, la riqueza natural que atesora Jijona, conocida mundialmente por su afamado turrón

Un viernes cualquiera. En realidad, no es cualquiera, teniendo en cuenta que la lumbre en gran chimenea del santuario de la Carrasqueta, la Venta Teresa, estaba apagada a las nueve y pico de la mañana, tras un jueves en el que se alcanzaron temperaturas de verdadero récord, por anómalas y calurosas: 29 grados se recogieron en Vistabella, la cima principal de la mitad sur del término municipal jijonenco.

Lo comentaban, lo del calor y el cada vez más evidente cambio climático, los clientes que a esas horas tomaban café en la venta de la yaya de las motos y el giraboix.

Pero aun con calores, soles y sequías anormales en pleno invierno, rutear caminos viejos, senderos polvorientos desde hace meses, es un placer comparable a la degustación de los ricos turrones y chocolates que se elaboran un poquito más abajo, en la cuna del dulce.

Arrancamos entre sudores, prácticamente en mangas de camisa. Y con café cortado sustituido hoy por un singular chupito de manzanilla, rabet de gat, timón real, jalea de naranja y miel de romero (regadito todo con un chorrito de orujo). Un singular chupito que nos ofrecen los educados posaderos de Venta Teresa: los hermanos Antonio, Gloria y María Teresa, la cual incluso nos pide una entrevista con su móvil para las redes sociales de la venta, a la cual accedemos sin rechistar.

 

Contestamos, en valencià, per suposat, todas las preguntas de María Teresa para dar a conocer un poco este blog y, sobre todo, para recalcar la bella naturaleza jijonenca como atractivo turístico de primer grado y acercar a la sierra jijonenca a potenciales turistas.

 

 

 

Despedimos a los tres hermanos con la promesa de volvernos a ver pronto y, tras salvar el bonito chalet estudio que lo fue del afamado pintor López Mira, empezamos a ascender el sendero señalizado antes de tomar en verdad el camino viejo de Alcoi. Ya merece la pena volverse atrás para contemplar en lontananza el mar mediterráneo.

Un momento de embrujo, de magia, que se acrecienta hoy con nubes de humo de alguna hoguera para quemar los restos de poda de almendros. Una sensación fantasmagórica de la contemplación de la naturaleza jijonenca ya decimos ni siquiera menoscabada por el atípico calor por enésima jornada.

 

Ya lo he contado por aquí en alguna ocasión. El ascenso por el Camí Vell d’Alcoi, que concede carácter fenicio a Jijona y sus moradores, a Alcoi y los suyos, es directamente proporcional al regusto que otorga girar la mirada hacia atrás, valle abajo con destino a la bahía alicantina, su azul turquesa y el cabo de Santa Pola, por no hablar de las elevaciones minúsculas capitalinas de la Serra Grosa y el castillo de Santa Bárbara.

Una suerte de cuadratura del círculo medioambiental. Maridaje de mar y montaña, salpimentado con silencio atronador, hoy viernes si acaso roto de cara al mediodía por alguna aislada moto de gran cilindrada y poco más.

 

 

Ese carácter fenicio del jijonenco, como buen negociante y vendedor de turrones y helados en todo el mundo de antiguo, que confirma, remacha, el camino ataluzado de piedra seca en mitad del recorrido. La segunda gran obra maestra de la icónica Carrasqueta.

 

 

Alcanzamos el puerto y el mirador, cuya vegetación implantada afortunadamente arriaga por fin, lo que garantiza sin duda un lugar aún más verde y paradisíaco a más de mil metros de altitud y oxígeno en vena, oxígeno luminoso y dulce.

A estas horas, antes de mediodía, el mirador ofrece un ambiente relajado y tranquilo con varios motociclistas, ciclistas o automovilistas disfrutando de vistas de ensueño pese a la calima reinante.

Una calima que no nos impide observar el elemento que más afea esta amable montaña llena de carrascas y enhebros y pinos y romeros: las columnas de alta tensión que atraviesan la partida verde de Bugaia y que, seguro, son trampa mortal para aves de tamaño pequeño, mediano y grande.

 

Y empezamos a ver a ciclistas hacia arriba y hacia abajo del Pou del Surdo o de la Neu, un atractivo arquitectónico y etnológico de primer orden que no es visitable, al hallarse dentro del recinto vallado del hotel tristemente cerrado y abandonado por el Ayuntamiento de Xixona desde hace algo más de un año.

 

 

Y sigue el ir y venir de ciclistas y también de caminantes, de senderistas, que bajan de la antena o mucho más allá, desde la cima dels Plans, a 1.330 metros, ya en la vecina Alcoi.

 

Nos duele y mucho no sólo ver el hotel cerrado a cal y canto y sin plan anunciado desde hace cuatro meses por el Ayuntamiento. Con ser triste y políticamente injustificable más lo es si cabe observar la falta de mantenimiento, por no hablar de desidia municipal, en la cartelería que rodea la zona de ventisquers, hotel, pozo y microreserva de flora.

 

 

 

 

Los tres muros alineados de piedra seca para retener la nieve cuando nevaba y se comerciaba con ella demuestran también ese carácter feniciamente valenciano y jijonenco

 

Y las vistas hacia abajo desde la parte superior el ventisquero son bellas y nobles, con la cúpula del pou de la neu y la casa del nevater (hotel cerrado), con olas de pinos y carrascas y vida en descenso suave y amable hacia Jijona y aun más hacia el azul turquesa del Mediterráneo.

 

 

Aún tenemos tiempo de saludar a la auténtica atalaya de Benidorm, tan lejos y tan cerca de Jijona, de l’Alacantí y de l’Alcoi.

La Grana nos mira de reojo mientras nos devuelve Puig Campana el saludo pese a los potentes rayos de sol de tórrido y seco invierno. En otras ocasiones, el año pasado sin ir más lejos, fuimos testigos de conciertos metálicos de nieve en la antena de televisión tras iniciarse el deshielo. Este año sólo se escucha el sonido de un motor antenero.

 

Comemos entre miles de voces de silencio en el acertado mirador panorámico para retomar la ruta hasta la otra punta de la cordillera, hasta Penya Reona.

 

Descubrimos al auténtico guardián de la Carrasqueta, una escultura de barro y paja sentado sobre una base de piedra seca mirando el horizonte y en estado de auténtica reflexión montera.

 

Y dejamos atrás esa inefable barbacoa de bloques en la cresta de la montaña que ninguna administración obliga a destruir y adecentar. Y, en la larga distancia, por encima del puerto de Ca Tina, oteamos el techo auténtico de Jijona: cima Cremats o Quarter, en la sierra del mismo nombre, vigilando las pinadas de Vivens y sirviendo de límite (ahora en revisión) con la vecina localidad juguetera de Ibi.

 

 

La calima, que se intensifica antes de iniciarse el ocaso, nos impide disfrutar desde el impresionante cortado del barranco redondo de la otra parte desgajada de la sierra, quizás por movimientos tectónicos o fallas. Ni observar con detalle ese amontonamiento de piedras gigantes del rincón mágico y misterioso de Roset. Tampoco ver a lo lejos a algún grupo de cabras arruís o algún ciervo o mufrlón despistado. La cabaña cinegética debe andar en algún lugar secreto en lo más profundo del bosque animado.

Calma y sosiego se siente atravesando a pie la urbanización del mismo nombre que este pedazo de sierra de la Carrasqueta, antiguamente colonizado por turistas y residentes ingleses y por donde caminamos, autorizados por el presidente de la comunidad de propietarios, entre algunos almendros bordes en flor literalmente tomados por abejas polinizadoras.

¡Un gozo todo!

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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