Fecha actual:9 agosto, 2022

«En sus escapadas a Bonaire es asediado por sus paisanos dolientes a los que atiende»

«Don Ladislao Ayela (Don Ricardo para todos) es sin duda el hombre más representativo de un pueblo cuyas virtudes de llaneza, constancia y honestidad le hicieron acreedor a la admiración y a la simpagía de cuantos lo conocieran», relata el escritor Antonio Coloma Picó en su libro ‘Jijona, gentes y paisajes’

«De origen humilde, el Doctor Ayela, tras sus primeros estudios, se siente atraído por esa lucha sin fronteras que es el arte de curar. Recién obtenida la Licenciatura se establece en Alicante. Cuenta la capital con un plantel de buenos médicos, pero el joven Doctor se abrirá paso entre los mejores.

Firma el escrito Rubén Darío, el altísimo poeta nicaragüense a quien alguien hablaría del famoso médico alicantino

Su clínica rebosa de enfermos esperanzados y su prestigio se agigante y extiende hasta puntos distantes de nuestra provincia. Un día recibirá una carta desde Barcelona pidiéndole fecha para una consulta. Firma el escrito Rubén Darío, el altísimo poeta nicaragüense a quien alguien hablaría del famoso médico alicantino.

Don Ricardo va derechamente a las cosas. Es sencillo, dinámico, incansable, hombre de todas horas que diría Gracián. Jamás se le verá en teatros y casinos. En sus escapadas a Bonaire, su finca de Jijona, es asediado por sus paisanos dolientes a los que atiende a costa de sus contadas horas de sosiego y expansión al aire libre. A este hombre se le encuentra siempre. Jamás dejará de atender a quien solicite sus servicios, angustiado por la gravedad de un familiar.

En sus precipitados desplazamientos, se le ve ingerir algún bocadillo, acaso porque el aviso le sorprendió en plena comida y no quiso esperar.

Habla poco y a media voz

El Doctor Ayela habla poco y a media voz. Desde que el enfermo traspone el umbral de la clínica, los sagaces ojos del médico observan sus menores gestos y movimientos. Después, durante la consulta, se diría que la mirada del Doctor resbala por las zonas indemnes del paciente para detenerse en el punto preciso afectado por la dolencia.

Los precarios medios de exploración exigen del médico innatas facultades de observación; lo que a ellas escape, quedará enmascarado en los entresijos del complejo organismo, donde continuará su obra demoledora.

El Docteor Ayela posee un exteraordinario ojo clínico que le permite ser certero en su diagnóstico y rotundo en su pronóstico. Avisado para atender al Docteor Agdea, sorprende a sus compañeros formulando un iniesperado pronóstico sombrío, que se cumpliría con fatal precisión. Cuando por el contrario su impresión sea optimista, el enfermo podrá dormir tranquilo.

Nuestro médico prescinde de historias clínicas. Su memoria prodigiosa le permite retener las características esenciales de cada uno de sus numerosos clientes, para su adecuado tratamiento. Cuenta además con el don de la improvisación, de tanta utilidad en una terapéutica de urgencia.

En el gran dormitorio del desaparecido colegio de San Luis, ante la cama de un colegial enfermo, don Ricardo, buscando un punto de apoyo para escribir la receta, tras una rápida ojeada descubre una palancana que, puesta boca abajo, le resuelve el problema.

El Doctor Ayela es tan buen cirujano como clínico. Por eso, hasta su jubilación trabaja al frente de los servicios de cirugía de la Casa de Socorro y de la Enfermería de la plaza de toros

En ésta, gracias a sus acertadas intervenciones, salvará la vida a muchos toreros.Cuando contempla la cogida de Minuto Chico y ve cómo se va desangrando, al llevarlo a la enfermería, sabe que resultará inútil toda intervención. Es el único parte facultativo que firmará con certificado de defunción durante sus largos años de servicio al frente de la enfermería de nuestra plaza.

El Doctor Ayela predica con el ejemplo y sabe cuidarse renunciando a la buena mesa. A sus clientes hipertensos y obesos les recomienda su sistema de guardar dieta de fruta, un día a la semana. Sin embargo, llegado el caso, sabrá hacer honor a unos buenos gazpachos.

En don Ricardo hay como una doble personalidad. Enfundado en su bata blanca es hermético y severo, acaso porque administra su tiempo con usuara para no malgastarlo en perjuicio de los que llenan la antesala.

Los valores humanos de este médico extraordinario se ponen de manifiesto a la hora de pasar la minuta

En cambio, al salir de la clínica y entre personas de su confianza se muestra locuaz y ocurrente. Es entonces cuando suele hablar de sus aficiones culinarias y descubre sus preferencias por los vinos que conserva en su pequeña cava. En algún momento, tararea trozos de sus zarzuelas preferidas.

Los valores humanos de este médico extraordinario se ponen de manifiesto a la hora de pasar la minuta, pues sus honorarios harto modestos no guardan relación con su trabajo de clínico famoso. Es más, tratándose de clientes hymildes, no cobra ni un céntimo.

Este insólito desprendimiento de los hombres como el Doctor Ayela contrasta con las exageradas apetencias monetarias de quienes hicieran de una de las más nobles profesiones un negocio como otro cualquiera. Por eso son aún más admirables, en su vida y en su obra, un Cajal y un Fléming, esos gigantes que dejan morir menguados bienes de fortuna, pero legan a la humanidad sus conquistas portentosas.

Nuestro don Ricardo, en cierto modo, está en la línea de los mencionados sabios. Porque en él alcanzan la misma cota de ejemplaridad el médico y el hombre».

 

 

 

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