Fecha actual:1 diciembre, 2022

Enero según el escritor jijonenco Antonio Monerris Hernández

Conocido popularmente como ‘Toni el Cartero’, publicó en el año 1985 el libreto Antiguas Costumbres Jijonencas, editado por la Asociación de San Bartolomé y San Sebastián con la colaboración de la Caja Provincial de Alicante y recoge un comentario por mes, así como otros relatos breves anexos sobre cine, fiestas, deportes, nomenclatura de calles y otras curiosidades locales

 

«No existía la llamada cuesta de enero, ese mito; relativamente claro, porque no encajaba en la moderada y austera administración casera de aquellos tiempos. El Año Nuevo y la Epifanía, prolongación de la Navidad, marcaban un buen principio de año. La víspera de Reyes, en los balcones de la casas veíanse las espuertas con paja, signo popular fomentador de la imaginación infantil al objeto de hacer creer que en la madrugada iba a servir de alimento a los caballos de los Magos de Oriente con los que habían realizado el largo viaje destinado a colmar de juguetes a los niños jijonencos.

Por la mañana, cuando los pequeños recogían los regalos dejados al lado de los recipientes, advertían con sorpresa que la paja estaba removida y medio consumida por las caballerías hambientas después del descanso en su interminable ruta. Al día siguiente, desaparecían los belenes y la gente menuda, agotadas sus vacaciones, regresaban a las escuelas estatales.

Un gran número de obreros permanecía de descanso todo el mes, sumándose a ese famoso asueto los turroneros que habían regresado de sus ocupaciones en diversas ciudades de la geografía española

Algunos talleres reanudaban sus actividades artesanales interrumpidas en las fiestas navideñas. Un gran número de obreros permanecía de descanso todo el mes, sumándose a ese famoso asueto los turroneros que habían regresado de sus ocupaciones en diversas ciudades de la geografía española. Cuando lucía el sol, era de gran arraigo el clásico paseo vespertino con aspecto romántico en la cima llana del cerro Través, cerca de la ciudad, desde donde se divisaba maravillosamente el núcleo urbano y sus alrededores, cara a poniente bajo un sol tibio y dorado hasta el atardecer, hora de regresar para formar esporádicas tertulias en las casas o en los salones de las sociedades, acerca de cuestiones diversas con respecto al interés ciudadano y no faltando el gran número de comentarios que se centraban en las pasadas jornadas de la termporada del turrón, en el otoño y la venta del producto en las Navidades.

Se organizaba una pintoresca concentración en los alrededores del lugar, mitad romería, mitad excursión festiva, que daba a la realización de la insólita y entrañable subasta de productos campestres y animales de corral

Jocosamente llegaba San Antonio Abad. El porrat en su ermita en la parte norte era dueño de un rancio abolengo ciudadano y densa afluencia humana. Las paradas de turrón casero (sobresaliendo el popular terronico y el de cacahuete) eran harto visitadas por los presuntos compradores. Por doquier los puestos de frutos secos, buñuelos y aguardiente. Después de la traída de la imagen del Santo a su ermita desde la iglesia arciprestal, donde había pasado la noche, se organizaba una pintoresca concentración en los alrededores del lugar, mitad romería, mitad excursión festiva, que daba a la realización de la insólita y entrañable subasta de productos campestres y animales de corral por parte del ermitaño, persona sobria, abnegada, cuidadora con harto esmero de la ermita durante todo el año; venta pública con notables ofrecimientos a los referidos productos y demás acontecimiento local que se prolongaba hasta muy tarde.

Tres días después, la jornada dedicada a San Sebastián, mártir, copatrono de la ciudad, invitaba a una fiesta íntima parecida a la navideña. Tras la celebración de la liturgia y la procesión con la imagen antigua hallada en el siglo XVI en la Torre de Blay, la gente organizaba súbitamente un gran paseo en la plaza y masivamente acudía a los cines como apurando bien la festividad de tan señalado día. Enero solía despedirse casi con una cautela muy particular. Habíanse reintegrado casi todos nuestros paisanos a sus respectivos quehaceres cotidianos y con la mirada puesta en la cercana festividad de la Candelaria o de la Purificación, quizá la más bonita fecha del año y de más grato recuerdo».

Sobre el autor

Antonio Monerris Hernández nace en Jijona en el seno de una familia de labradores y empieza su vida laboral ayudando a sus padres en las faenas del campo. Funcionario de Correos y comentarista, inicia sus actividades literarias en las revistas La Valija y Auxiliares y Subalternos de Madrid, pasando después a corresponsal informativo del diario alicantino Primera Página y, en igual cometido desde 1957, en el periódico Las Provincias de Valencia, misión esta última que todavía ejerce (el libreto se acabó de imprimir el 20 de enero de 1985, festividad de San Sebastián, copatrono de Jijona).

.Se le conocen colaboraciones en Blanco y Negro y Castillos de España de Madrid, como asimismo en Avanzada Literatura Andaluza y La Caracola, de Córdoba y Málaga, respectivamente.

Asiduo colaborador de la revista oficial de las Fiestas de Moros y Cristianos de Xixona. Algunos trabajos suyos relativos a temas festeros han sido publicados en programas de fiestas mayores de otras poblaciones. En el boletín mensual de la UNDEF, de idéntica afirmación, su comentario escrito no deja de ser mensual al igual que su colaboración en temas al respecto en el semanario Ciudad, editado en Alcoy.

Comentarista de vez en cuando de Información, sección Tribuna Abierta de Alicante, y en el diario Noticias de Valencia. Gran entusiasta de la historia jijonenca. En el desaparecido boletín mensual Guay, de Xixona, dejó publicados siversos comentarios acerca de historia, greografía, tradiciones y costumbres, todo en relación con su ciudad natal. En la actualidad, es cronista de fiestas de la Asociación de San Bartolomé y San Sebastián de Jijona, cargo que ostenta desde el año 1967.

 

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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