Fecha actual:1 diciembre, 2022

«Habría que trasladar la fiesta de moros y cristianos a la primera quincena de abril»

El escritor Antonio Coloma Picó, autor de ‘Jijona, gentes y paisajes’, editado en 1974 por la Caja de Ahorros Provincial de Alicante, con bellas ilustraciones del pintor José Eduardo López Mira, habla en uno de sus capítulos de los dos santos patronos del pueblo del turrón, San Bartolomé y San Sebastián, y de su interrelación con el mundo festero

«En torno al santoral, proliferan las paradojas. He aquí un botón de muestra: Cuenta Jijona con el doble patrocinio de San Sebastián y San Bartolomé. La verdadera imagen de San Sebastián (la que según la tradición apareciera en la Torre de Blay) els menuda; pero acapara la devoción de los jijonencos, principalmente por la probada protección que el guerrero mártir dispensara a cuantos mozos de Jijona combatieron en los frentes de Cuba y Filipinas, primero, y en los de Marruecos, después.

Por eso en la ermita del santo, próxima a la ciudad, se sucedían las promesas, implorando protección a los hijos del pueblo que se incorporaban a filas y en los desplazamientos de la imagen eran portadores de las andas soldados de uniforme.

Acapara la devoción de los jijonencos, principalmente por la probada protección que el guerrero mártir dispensara a cuantos mozos de Jijona combatieron en los frentes de Cuba y Filipinas, primero, y en los de Marruecos, después

Pues bien, todo lo que la imagen de San Sebastián tiene de insignificante lo tiene de desmesurada la de San Bartolomé. Su gigantesca figura, con un gran cuchillo en la diestra, ocupa buena parte del retablo mayor en nuestro templo arciprestal.

Sin embargo, si buscásemos en el archivo parroquial a buen seguro que no encontraríamos ni un solo Bartolomé entre las partidas de nacimiento. A decir verdad, el número de Sebastianes no es lo numeroso que fuera de desear, en relación con la evidente devoción que Jijona siente por el santo. Y hasta nos atreviríamos a asegurar que el fervor a San Sebastián ha sufrido alternativas, decreciendo en tiempos de paz, algo así como lo que siempre ocurrió con Santa Bárbara, de la que sólo nos acordamos cuando truena.

 

El fervor a San Sebastián ha sufrido alternativas, decreciendo en tiempos de paz, algo así como lo que siempre ocurrió con Santa Bárbara, de la que sólo nos acordamos cuando truena 

Como es bien sabido, la festividad de San Sebastián corresponde al día 20 de enero; pero en Jijona, desde tiempo inmemorial y sin que nada lo justifique, se trasladó su celebración al día dos de febrero, fiesta de la Candelaria. La víspera es llevada la imagen a la iglesia del pueblo, en la que es recibida por los emocionados vítores del gentío que abarrota el templo.

El día de la fiesta es devuelta a la ermita en la que se oficia una misa solemne. A lo largo de la carretera de Alicante, en las inmediaciones de la ermita, se celebra un gran porrate, en cuyos puestos de turrón puede adquirirse el típico terronico, una variedad en la que se combinan la almendra, sin pelar, con una semilla llamada alegría, variante fabricada exclusivamente para los porrates.

A última hora de la tarde se organiza una carrera en la que los buenos corredores se disputan un buen pollastre de duros espolones y larga cresta y finalmente se baila la jota. Digamos que entre el numerosos público del porrate aparecen las primeras máscaras, adelantadas del inminente carnaval, durante el cual eran contados los jijonencos que no se disfrazaban.

En aquellas fechas las comparsas podían contar con numerosos de sus miembros que hasta unos días antes andaban esparcidos por todo el país, dedicados a la venta del turrón

Las famosas fiestas de Moros y Cristianos se celebraban coincidiendo con la verdadera festividad de San Sebastián, entre otras cosas porque en aquellas fechas las comparsas podían contar con numerosos de sus miembros que hasta unos días antes andaban esparcidos por todo el país, dedicados a la venta del turrón.

Era entonces cuando las manos primorosas de las jijonencas, habituadas al bordado a realce de sus mocaors o pañuelos, que graciosamente cruzados a pliegues simétricos envolvían sus esbeltos bustos, bordaban también los vestidos de moros, marrocs y contrabandistas, en los que hacían verdaderas filigranas, que aún se pueden admirar.

Pero la fiesta era deslucida por lo desapacible de la época en que se celebraba. Y no había cristiano ni poro que soportase el gélido soplo de la Carrasqueta en los desfiles y embajadas en La Plaza.

En vista de lo cual se pensó en el otro patrón, San Bartolomé. Y no para desagraviarle, por el olvido en que se le tenía, sino por lo agradables que resultan en Jijona los días de agosto y ser precisamente el día 24 el de la festividad de San Bartolomé.

Aquellos jijonencos que decidieron el cambio de fecha para su fiesta mayor no podían imaginar que, andando el tiempo, una nueva industria, la del helado, complementaria de la del turrón, motivaría un éxodo masivo

Empero aquellos jijonencos que decidieron el cambio de fecha para celebrar su fiesta mayor no podían imaginar que, andando el tiempo, una nueva industria, la del helado, complementaria de la del turrón, motivaría un éxodo masivo de sus gentes hacia los cuatro puntos cardinales de la península, con lo cual, si no por la meteorología, la fiesta perdereía volumen y brillantez, al verse privada de tantos posibles festeros ausentes.

Por todo ello, no habría mejor solución para hacer coincidir la fiesta de moros y cristianos con la época de estancia en Jijona de turroneros y heladeros que trasladarla nuevamente, pero a la primera quincena de abril, con el inconveniente de que, al hacerlo así, quedarían por igual desairados el menudo San Sebastián y el gigante San Bartolomé».

 

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