Fecha actual:5 diciembre, 2022

‘Jijoneses de Navidad’, el cuento que dedicó el Nobel Juan Ramón Jiménez a unos turroneros

El escritor jijonenco Josep de Sílim felicitó la última Navidad a sus amigos y seguidores en la red social Facebook con un cuento del Premio Nobel de Literatura en 1956, Juan Ramón Jiménez, autor de su archiconocida obra lírica en prosa ‘Platero y yo’

«Una sorpresa cenital. Juan Ramón Jiménez escribió un cuento sobre unos turroneros jijonencos en Madrid», destaca Josep de Sílim en su perfil de esa red social, unos días antes de la última Navidad.

Asegura Sílim haber descubierto dicho cuento, titulado ‘Jijoneses de Navidad’, en un libro inédito 1916-1920. «Nuestro amado poeta y narrador, premio Nobel de Literatura, autor de Platero y yo, se iluminó con nuestro carácter, nuestra audacia, nuestro entusiasmo, la antigua señoría».

La narración es un poema con «Melodiosa plenitud conmovedora». «Su lectura me gustaría que fuera mi villancico de este año para felicitaros», destaca el escritor jijonenco Josep de Sílim, autor de ‘Xixona íntima. Cròniques de secà 1968-2018’.
Reproducimos aquí, en el blog del turrón Made in Jijona, este cuento por su valor literario, histórico y antropológico.

JIJONESES DE NAVIDAD

Juan Ramón Jiménez
En el amplio ámbito blanco de la tienda, a la que un débil amarillo de lira de petróleo funde aristas y dobleces en un solo plano; como en una atmósfera distinta, sentado, quieto, el joven jijonenco fino recorta su dura figura negra.
Podría creerse su misma nostaljia puesta tras el mostrador de tela, mercadera demente; su mismo ser soñado en soledad por él, triste, desde Jijona alegre, junto a su clara mujer suave, en las otoñales noches anteriores que trajeron diciembre. Parece, el melancólico, que no quisiera vender su turrón ni sus almendras, que está allí con aquello, por si el que pasa lo quiere conmiserar que está aquí, en este Madrid frío y solitario, cumpliendo un rito de Levante.
(Por la plaza Mayor van y vienen criadas torpes, ancianos estoposos, padres con niños, lentos soldados solos con su sable. Una luna grande y fría, entre nubes que han llovido, congrega en su bola el mundo, atrayendo los ojos de aumento, como de astrólogo, con su bella inmensidad definida. Y al entrar y salir en el nublado, todo, contra ella, se confunde, en una revolución dolorosa. Se diría que no están las cosas altas en su sitio, ni para lo que, tal vez, están; que todo es sólo el paraje inútil e ingrato de la tristeza.).
Frente a la tienda alicantina, en su pilón bajo, el agua yerta y reluciente ondula sin cesar, buena, dicen (sí, sí, decía aquel cura sinvergüenza de Jaén), para los neurasténicos. Ineludible, el reló amarillo, rojo y deslucido en la helada luna ardiente, pone en deshora sentimental, con su hora cualquiera, este corral de Madrid…Y el joven jijonés, negro, fijo, como un clavo, alerta a su alma, bajo reló y luna, ante el agua pobre, sigue sentado sin ver, ni oír, ni hablar en el centro de su ancha tienda blanca.
¿Es ahora una dulzaina absorta, una guitarra suspensa?. Hay en su mudez aguda no sé qué melodiosa plenitud conmovedora. Se pensará, a este son secreto, que lo que vende o no vende es su vida, que la tiene delante muerta en pedacitos, en cajitas de leve madera. Sí, eso es; parece aquello un velatorio infantil…
Y el jijonenco sigue, hora tras hora (¿las doce?) del reló rojo, sentado, negro (¡oh Manet muerto y Picasso vivo allá en Francia!) en la honda tienda blanca.

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