¡La mare de Déu, qué ruta más wappa y dura por Xixona y pueblos colindantes!

Una fantástica caminata circular de 25 kilómetros, dura y bella aventura al mismo tiempo, con salida en el Pou del Surdo del pueblo del turrón y recorrido hasta la auténtica calle Mayor de Xixona para atravesar la pedanía de la Sarga, la vía verde y el Estepar de Alcoi y, tras empezar a escalar por veredas de líquenes y animales salvajes, ascender la costereta de la Mare de Déu de Benifalim hasta la cima dels Plans, a 1.330 metros de altitud, con 15 litros de bendita y generosa lluvia en las espaldas desde las estribaciones de la cúspide de la Botzina y con grandes resbalones de fango ya hasta el Racó de Xomarra y el hotel con pozo de nieve

 

 

El desayuno es hoy en la Venta Teresa, esa especie de templo de carretera para la picaeta y la tertulia. Hoy no es hoy, sino viernes 9 de febrero, con pronóstico de un temporal denominado Karlotta que entra por el Atlántico y que llega desmejorado, como siempre, a la sedienta tierra jijonenca y alrededores. El pronóstico, no obstante, se cumple sólo a medias. Como veremos más adelante, el agua cae con cierta importancia al menos en la zona alta de la cuna del turrón. Siempre una generosa bendición.

Los almendros de la punta de Venta Teresa están en su epicentro de floración. No es que sean marcones, sino de otras variedades como amargos y comunes, lo cual confirma que las altas temperaturas del invierno impropio han adelantado algo el rosáceo ciclo de la polinización.

 

Tras dejar el coche en el párking exterior del hotel Pou de la Neu, el silencio de la montaña nos recibe con los brazos abiertos y una ensordecedora bienvenida. La paz de la sierra en su máxima expresión, la quietud y el sosiego elevados a la máxima potencia.

Y esa magia que envuelve la cordillera de la Carrasqueta en ascenso desde el hondo de Bugaia en forma de niebla en constante movimiento, como si fuera una hoguera de besos clandestinos de nubes encaprichadas, enamoradas hasta las trancas. El hechizo de niebla y montaña nos impide planificar la lucha del senderista contra los elementos, como el de hoy, que ha sido inesperada y súbitamente de agua fría tipo escarcha.

 

 

Decía hoy la jefa del Banco Santander, Ana Botín, en una entrevista en un diario de tirada nacional que «el arte es un lenguaje universal que permite la cohesión social». He pensado al instante, todavía con las imágenes recientes de esta fabulosa caminata de viernes de febrero, que dentro de la premisa debería entrar también en juego la naturaleza.

 

Siempre bella, hasta cuando un pedrusco se pinta artificialmente para dar paso al camino de Santiago del sureste más allá de Vivens y dels Esbarzerets y dels Cremats para adentrarse, desde Villena, en la inmensidad de la llanura de la Mancha.

 

Porque belleza de fusión con arte y naturaleza es la que nos encontramos a nuestro paso por el sendero que une, desde el mirador de la Carrasqueta, Xixona con su poética pedanía o caserío o poblado de La Sarga, un paraíso lleno de colores y olores

 

Hallamos obras maestras con ladrillos antiguos en túneles de carreteras españolas históricas como la antigua N-340, vía de conexión de la montaña abrupta de l’Alcoià i el Comtat con las comarcas más meridionales de Alicante y con su misma capital.

Y otras de la misma época o quizás más antiguas como los pozos de agua de piedra seca para la ganadería extensiva de entonces.

 

Ya es primavera en la corte de la Carrasqueta, en el valle de La Canal, en la finca Cano.

El rosa gigante del almendro ciclópeo a la vera de la carretera, arremolinado de abejas y nieblas y ladras. Una belleza natural cuya contemplación sólo es quebrada, en seco, por la venida por un bancal de cuatro perros sueltos y amastinados cuya reacción desconocemos y nos obliga, precisamente, a tomar precauciones en lo alto de alguna rama, como si de tordos enérgico se tratara a tan avanzada edad. Un hecho que no va a pasar desapercibido, pues ya lo estamos poniendo en conocimiento de las autoridades en prevención de males mayores para ciclistas y senderistas y caminantes y gentes naturales.

Llega, de la mano de nuestro mejor guía senderista, del tenor de las montañas y acantilados alicantinos, el gran Miquel Valois (SENDERISMO FOTOGRÁFICO), un momento inesperado de esta aventurada, larga, huracanada ruta.

Resulta que el mojón de piedra seca entre camino ancho y carretera es nada más y nada menos que el inicio de la Calle Mayor de Xixona, el pueblo del turrón, pese a estar situado a 19 kilómetros en coche. Al menos así lo revela esa enciclopedia de Internet en la parte que toca al gigante de la búsqueda llamado Google.

 

 

La calle Mayor de Xixona, tras el cese momentáneo de las primeras lívidas lluvias del día, nos enfila por una bajada llena de colores rosáceos de ramas de almendras que explotan de tanto petálo, estambre y estigma, repleta de aromas dulces aun siendo árboles amargos, dechada de sonidos de pájaros amarillos y pardos y vida vívida.

 

Camino pedregoso donde se confunden los cantos rodados con las nueces, un bosque de nogales semi abandonados que, pese a labores de labranza, refuerza la impresión agreste del terruno. Mayor belleza no se le puede pedir a la verdadera, la auténtica y única Calle Mayor de Jijona.

Si miras hacia un lado, las llanuras y estepas de Els Plans escalando en lontananza; si miras al otro, el caserío de la Sarga escorado y, al fondo, el rosáceo brote de los manzanos hasta las mismas faldas del Menejador. Si miras al cielo, el guiño siempre cómplice de las nubes hasta en día meteorológicamente revuelto e iracundo.

 

La principal avenida de Xixona oculta en un halo de aroma a almendro tierno de chimenea, a algún incipiente puchero

 

 

La Calle Mayor llega a su término. La principal avenida de Xixona oculta en un halo de aroma a almendro tierno de chimenea, a algún incipiente puchero, a café de antigua cafetera, a geranios despertando del sueño, a silencios de ilusión, colores y fantasía.

 

Con ruido inexistente y oxigenado y aroma a chimenea de almendro, carrasca y nogal, vamos despidiendo con paso firme y perseverante la encantadora, embrujada, hechizada, mágica pedanía jijonenca de la Sarga, una suerte de paraíso a diecinueve kilómetros en coche de la cuna del turrón, de la que depende desde el siglo XIX y aun antes, tras un fallido proceso de independencia en el siglo anterior.

 

De la Calle Mayor a la Avenida de los Manzanos. Pareciera que la madrugada ha sido de lluvias más generosas por aquí. La tierra huele a caracol serrano y barbacho, a conejo corredizo recién aseado, a manzanas podridas de la cosecha anterior, a estornino hambriento y a arcillas perfumadas.

 

 

 

 

La vía verde de Alcoi nos recuerda que no es imposible transformar un paisaje y espacio público en el que iba destinado un tren de la montaña en una importante oferta para paseantes, ciclistas, excursionistas y gentes de natural bien.

 

 

Enfilamos apretando el paso por los tiempos y las horas, por la inmensidad de la cordillera que en breve se amontona en la vista y en los cuartos traseros, enfilamos, la bellísima urbanización alcoyana del Estepar, no sin antes recordar el maldito accidente del autobús de línea en el mítico Barranc de la Batalla, una de esas historias reales que te deja impactado en la infancia.

Un bando de alegres palomas torcaces, que pasa de pino a pino, de chopo a chopo, nos da las buenas bienvenidas o quizás son la señal de alerta para el rebaño de más adelante.

Por fin, después de unas cuantas caminatas en estas semanas, oteamos de verdad a la fauna silvestre, a los cuadrúpedos de la montaña. Hoy, a un grupo de unos veinte muflones recorriendo el abancalamiento descarnado con movimientos al unísono y circunferencias exactas en sus espaldas. Los animales, más que temernos en lontananza, parecen haberse alegrado de nuestra presencia. No nos hablan sencillamente porque aún no les han enseñado, pero dialogan con nosotros con su postureo agreste, con su montaraz porte.

 

 

 

 

 

Y en eso que llega la parte más continental de la ruta, la verdadera escalada, las inmediaciones iniciáticas y las postrimerías de la Costera de la Mare de Déu, la madre de todas las batallas de los senderos con subida.

 

 

El musgo, los hongos, los líquenes, los verdes pistacho, la paleta del pintor de la montaña, abre paso a la cordillera.

 

A hornos de yesos de piedra seca, a abancalamientos con cantos rodados donde algún día se plantaron árboles frutales y almendros para colonizar la sierra.

 

 

Los coches que expiraron en su última ruta para recoger el grano de la siembra de cereales, de avenas, de maíz y de trigo y de cebadas.

 

Si al campo vas lo que lleves comerás debe ser el padrenuestro del senderista, en esta ocasión aún más, por la duración de la caminata, por su larga distancia, por la dureza de la subida, por lo escarpado del paisaje bello de las estepas que trepan hacia Els Plans, quizás la sierra más bella de la Costa Blanca por su rica y vasta vegetación.

 

 

 

 

La piedra seca trabajada en otros tiempos por manos rudas y sudores de veranos continentales se deja entrever por este bosque mediterráneo, como si fuera aquel otro bosque animado de La Torre de les Maçanes.

 

 

 

 

Es ella, es la más grande, la calle mayor de los senderos de la montaña, la costera de la Mare de Déu, con destino a la cúpula de la Botzina, enfrente del Rontonar, debajo de la cima de Els Plans.

 

Las lluvias intermitentes de la jornada, quizás mejoradas durante la pasada madrugada por estas zonas de ramblas que aprecen hasta en los telediarios por su especial clima y régimen de precipitaciones, han quitado polvos del camino, pero no las empinadas costeretas entre enhebros y pinchosas, molestas, aliagas con moscas.

 

La cada vez más diminuta vista de Alcoy, abajo del todo, en la hondonada, es directamente proporcional al agrandamiento de la Botzina y, allá a lo lejos, de la antena del Surdo, del Racó de Xomarra e incluso, entre fantasmagóricas nubes de nieblas amenazadoras, el pico de Penya Migjorn.

Arrecia la cuesta y arrecia, casi simultánea, súbitamente, la lluvia

 

Como si fueran de la mano el esfuerzo de la subida y la mochila llena de agua del venida directamente del cielo.

 

No queda otra que andar andando. Aunque, imprevistamente, el escribiente desfallece, por momentos.

Es como si el oxígeno estuviera hurtando caudal en estas alturas del camino. Pero el guía Valois ejerce el liderato del que, en honor a la verdad, se ha hecho ya totalmente acreedor. Y, como quiera que no queda otra que andar andando, ponemos la marcha reductora y usamos la garrota de remo de piragüismo de mediana, alta, montaña.

 

Las nubes y nieblas, blancas y negruzcas, a pasos agigantados llegan hacia estos picachos. Por babor y estribor.

La mochila se llena y rellena de cantimploras de lluvia fría como las escarchas de gélidas noches a las cuatro de la tarde.

 

 

 

El compañero senderista se alegra de que, tras lo más empinado de la subida interminable, llegan pequeños rellanos antes de los últimos repechos hasta la cima y aprovecha para fotografiar al escribiente, que ya ni siquiera acierta a desbloquear el teléfono móvil al tener los dedos entumecidos, atolondrados, engatillados.

 

 

Aún quedan fuerzas para tocar el cielo con la mano

 

Y para abrazar amistosamente la cúspide repelada de la montaña y el eje geodésico con belén en su regazo.

 

Y para calentar gaznate y riñones con vino tinto oloroso y negro del Rodriguillo y de Pinoso, brindando por esta inesperada aventura con un final también largo y prolongado de huracanes y precipitaciones quizás no pronosticadas. O es que los cielos se han empecinado en que los caminantes hoy querían un plus, un acicate para regresar pronto a la montaña jijonenca y alicantina.

 

La serpenteante y vertical bajada por vericuetos subsenderos en cruces de caminos que van a uno u otro lado, sin parada y fonda, con el cielo cayendo en picado en forma de oscuridad lila y lluvia negra e intensa, es ya una anécdota después de todo.

La suerte de los senderistas es que, en llegando al coche a puertas del hotel, la temperatura no ha bajado aún de los siete grados tras siete horas, quizás más, qué más da, de caminata por abruptas costeretas y la madre que las parió.

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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