Fecha actual:17 mayo, 2021

«La víspera de San José, el olor a aceite hirviendo en las calles de Jijona anunciaba la invitación a comer buñuelos»

Antonio Monerris Hernández, conocido popularmente como ‘Toni el Cartero’, publicó en el año 1985 el libreto Antiguas Costumbres Jijonencas, editado por la Asociación de San Bartolomé y San Sebastián con la colaboración de la Caja Provincial de Alicante y recoge un comentario por mes, así como otros relatos breves anexos sobre cine, fiestas, deportes, nomenclatura de calles y otras curiosidades locales

«Sin ritual alguno, se guardaba la baraja en los hogares a modo de un sigiloso respeto, y sin el juego de naipes, la tertulia era constante. Aparecía el juego de la bola en los alrededores de la ciudad con notable afluencia personal y con las acostumbradas apuestas en pro o en contra del que lanzaba la esfera a su presunto destino por el accidentado terreno expuesto a ganar o a perder la jugada en aquellas soleadas tardes de primavera precoz.

Reservado para los domingos y festivos era el tiro de pichón en el paraje denominado Cañabate y el de gallina en el cauce seco del río, no muy lejos del casco urbano. La festividad de San José no sólo abarcaba a los Pepes, con respecto a las buñoladas, sino al gremio de carpinteros y algún que otro más. La víspera, el olor a aceite hirviendo a lo largo de las calles anunciaba las invitaciones a comer buñuelos al día siguiente y en la noche actuaban, a guisa de serenatas, diversas rondallas a lo largo de las rúas de la población.

Tan popular celebración tenía una prolongación casi fortuita en la fiesta de la Encarnación. Volvía el buñuelo casi por arraigo, el asueto del día y los paseos por los alrededores bajo el sol que amarilleaba las montañas en aquella fiesta que los ciudadanos la consideraban como el umbral de la primavera. Cuando la Semana Santa aparecía en nuestra ciudad, con todo su aspecto sencillo y rural, existía el recogimiento y la devoción. El domingo de Ramos, si bien se utilizaban las palmas por parte de los niños, era muy frecuente la asistencia de algunos a la iglesia provistos de ramas de olivo y laurel, costumbre totalmente llevada a cabo por los que vivíamos en el campo y que sólo teníamos que ir al olivar o al laurel a cortar la rama adecuada para el acto.

El Jueve Santo, durante toda la jornada, fuera de la liturgia en la iglesia, la gente hacía el menos ruido posible en sus actividades hogareñas: nadie cantaba y las caballerías que arrastraban los carros los hacían sin esquilas que las obligaban a caminar con extrañeza.

En los peldaños de acceso a la misma, en la noche, se sentaban uno o dos hombres invidentes y, acompañados de una guitarra, cantaban, haciendo pronunciados intervalos, la pasión de Cristo

El centro popular por excelencia de aquellos días era el antiguo convento de Capuchinos al final de la calle de Loreto. En la capilla anexa al mismo se guardaban la imagen del Cristo Yacente, que era sacada en procesión del Santo Entierro en la noche del Viernes Santo. En los peldaños de acceso a la misma, en la noche, se sentaban uno o dos hombres invidentes y, acompañados de una guitarra, cantaban, haciendo pronunciados intervalos, la pasión de Cristo.

Los recorridos noctunos de la gente, en cuanto a los cuatro monumentos donde se instalaban los respectivos sagrarios (Convento, Hospital, Ermita del Arrabal e Iglesia) empezaban en el antedicho convento de San Francisco. En la mañana del día siguiente Viernes Santo, en el viejo calvario, enfrente del referido templo, se verificaba el Vía Crucis, de hondo sabor popular dentro de su antigua solemnidad. Al amanecer, se iniciaba la salida del acto y en el preciso momento de apuntar los primeros rayos del sol naciente por las escarpadas crestas de las montañas situadas a sliente, costumbre dentro del arcaico sistema heredado que marcaba un ritual infalible, acatado por el portador de la Cruz de guía, que desfilaba en primer lugar.

El hombre en cuestión no atravesaba el umbral del templo, para dirigirse al calvario, sin haber visto antes el orto del astro central, por oriente. A media tarde, por los caminos y sendas de acceso a la ciudad, acudían los hombres procedentes de las partidas de Montnegre, Abió y otras más de la extensa superficie del valle, para confundirse con los de la ciudad, acumularse frente al mercado de la cera, venta con careácter típico y a la hora prevista, sumados a casi la totalidad de hombres de la población, todos impecablemente vestidos de negro, asistir quizá al acto más arraigado de Jijona, el Santo Entierro, insólita procesión, magna marcha de personas, que carente de guías externos y de organizadores expertos recorría las viejas calles de costumbre, con las imágenes de la Samaritana, Cristo Crucificado, Nazareno, Soledad y Sepulcro; este último paso, que se guardaba en el ya citado Convento, era sacado a la procesión en antañona tradición por labradores de la antedicha partida rural de Abió, como asimismo el de la mujer de Samaria.

Este último paso (Sepulcro), que se guardaba en el ya citado Convento, era sacado a la procesión en antañona tradición por labradores de la antedicha partida rural de Abió, como asimismo el de la mujer de Samaria

La actividad laboral iniciada a la mañana siguiente quedaba bruscamente interrumpida al toque de Gloria. La gente menuda, con sus mazas de madera golpeaba fuertemente las aceras y las puertas de las casas con las consiguientes protestas de las mujeres en los umbrales de las mismas y en el centro urbano la incestante lluvia de cohetes por doquieren duraba casi dos horas, que hasta dificultaba el tránsito por las rúas de las féminas que se dirigían a los hornos al objeto de cocer las toñas para la inminente Pascua.

Corriente era el caso de que un ciudadano manifestara que encendía un cohete, con el fuego del primer cigarro fumado después de la Cuaresma, ya que no había fumado durante los cuarenta días, en virtud de remota promesa

Corriente era el caso de que un ciudadano manifestara que encendía un cohete, con el fuego del primer cigarro fumado después de la Cuaresma, ya que no había fumado durante los cuarenta días, en virtud de remota promesa

 

 

Bernat Sirvent Coloma

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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