Rogativa a la Mare de Déu dels Esbarzerets protegida por dragón alado para que llueva en la provincia

La ruta circular de hoy, de unos 12 kilómetros entre el Mas de Brossa, en la cumbre de la Carrasqueta real, y la pedanía jijonenca y paradisíaca de La Sarga, dejando atrás el cabeç y el cantal del Corbó y el refugio de montaña y barrancos del fresno de Ibi, da para mucho, tanto que, bajo un sol de primavera o casi verano más que de invierno y caminos polvorientos donde corren las ciervas, no dudamos en pedir remedio a la Virgen frente a este enero, febrero y marzo impropios climatológicamente hablando

 

 

Iniciamos el relato de la caminata que no es de hoy, sino de ayer viernes 15 de marzo, a eso de las quince horas, bajo un sol de justicia casi a veinte gradazos en pleno invierno (si bien que a cinco días de la primavera meteorológica), a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, iniciamos el relato, decíamos, con una fotografía del ‘Tío la Vara’ Miquel Valois, gran senderista y creador del interesante grupo SENDERISMO FOTOGRÁFICO.

 

¿Que por qué?

Pues que a la belleza plástica de observar la enésima cara de la omnipresente Penya Migjorn desde más altura se suma la pájara del relator. Apenas sí medio kilómetro cuesta arriba, y eso que no era ni la costereta de la Mare de Déu de Benifallim Els Plans ni tampoco la del collao entre Abió y Relleu, y estos calores impropios no sientan bien al organismo.

Poco a poco se reemprende la marcha con agua y algo de chocolate, siempre reactivador, emulsionante, revitalizador. La pájara nos impide, aunque no del todo, observar el trote vivaz de un par de ciervas, ocultas en el sotobosque oculto bajo pinos centenarios en la subida hacia els Esbarzerets, límite de Xixona con Ibi, con la cima Carrasqueta a su vera. El auténtico pico geográfico de la Carrasqueta, no el puerto de montaña con mirador panorámico incluido.

Seguimos. Les decía que la pájara no nos impide observar ese trote a buen ritmo ladera abajo de cos hembras de ciervo, quizás en celo en esta primavera impropia del invierno que incluso berreas genera entre dos luces, pero sí echa por tierra nuestro video de esos animales salvajes. Quizá la falta momentánea de oxígeno, un pequeño desvanecimiento, un corte de digestión, apunta el vídeo disparatadamente al suelo, al tronco de un pino derrocado hace dos años por la virulenta tormenta Gloria.

Una gloriosa cagada la del narrador haciendo hoy el video a las ciervas, siempre huidizas y difíciles de captar, porque aguantaron de lo lindo en su cama de campiña la llegada de los senderistas en modo cabra escalando la ladera dels Esbarzerets, equidistante con la cima Carrasqueta y con la cima Cremats o Quarter, estos dos últimas definiciones para un mismo punto: el techo auténtico de Jijona a 1.230 metros de altitud.

El descenso, siguiendo senderos virtuales y reales del Instituto Geográfico Minero, se realiza por caminos que más parecieran de animales salvajes que de animales domesticados como estos que se echan al monte a la hora de la siesta en un invierno tan impropio, caluroso y seco como preocupante para lo que queda de real primavera y verano.

Unos caminos salpicados no sólo de pinos quasi centenarios o más, sino también de carrascas y de fresnos, amarronados aún y aletargadas sus yemas antes de dar la bienvenida a la nueva estación meteorológica. Con colores al paso más similares al otoño que a esta perenne primavera en medio de una naturaleza con zarzamoras alteradas y cambiantes a golpe de cambio climático galopante y…preocupante.

 

 

Las laderas del barranco de Barret, salpicadas de fresnos por novedosos en muchas de las montañas jijonencas y sus alrededores, dan una idea de que por aquí siempre llueve, hace frío y la naturaleza respira.

 

 

Hoy esa naturaleza está aletargada, sin fuerzas ni brío por la sequía. El chorrito de fuente caballera junto a una finca con virgen incrustada y lavadero de cantos rodados lo confirma: el agua por estos lares también escasea, lagrimea…

 

Hasta lágrimas de desazón, de profunda incomprensión ante tanta sequía, ante tanto sudor en invierno, parece derramar, allá arriba, incrustada en la pared medianera de una finca rural, la imagen de la Virgen, que nosotros bautizamos como la Virgen dels Esbarzerets, pues es en este barranco por donde debe empezar a llover en próximos días para que bosque y naturaleza virgen no se vayan al traste este verano.

Una invocación a esa imagen de la Virgen dels Esbarzerets iluminada bajo la figura de un dragón alado, protector sin duda de los depredadores del bosque siempre emboscando a sus presas, acechándolas tras las ramas. Como si esa invocación, imploración, rogativa para que llueva aquí y en toda la seca provincia de Alicante volara en silencio desde algún rincón oscuro del cielo algodonado por los síntomas más viento frente a las necesarias precipitaciones.

Creo sinceramente, creo, en que a velocidad del rayo el dragón alado protector de la Virgen dels Esbarzerets envenene a la presa de la sequía hasta darle muerte merecida en favor de las generosas lluvias, incluso nieves en ciernes primaverales.

 

 

Atrás dejamos la sierra para entrar en vereda, en la auténtica vía verde de Ibi y Alcoy por donde nunca circuló como debiera haber hecho el ferrocarril, de mercancías y personas.

 

 

Almendros alineados, podados, arados, pero pobres de gesto, de faz triste y rictus lloroso.

 

 

 

El otro macizo recio, el del célebre Goirigolzarri, mirando de reojo al cielo para que las nubes de algodón y viento se tornen en lágrimas de veras

 

Toda esa sierra, todo ese cabeç del Corbó, con su piedra de impenetrable mirada, como si se tratara de un salto que hubiera dado desde abajo el cabeç del Corb, el otro macizo recio, el del célebre Goirigolzarri, mirando de reojo al cielo para que las nubes de algodón y viento se tornen en lágrimas de veras.

 

 

Junto a la Canal de la autovía de camiones trailers en ruta, de pasajeros y trabajadores de fin de semana, de un ajetreante ir y venir sin piedad de viernes de solaz.

 

 

 

 

 

 

Y vía verde que se vuelve turquesa, amarilla y roja, de olores a jazmín, a incienso, a todo. Un aroma que envuelve el ambiente de sosiego hacia el paraíso jijonenco de la Sarga. Un paso tanto más relajado, embriagador, cuanto más nos aproximamos a un rellano junto a la antigua vía del ferrocarill, bajo dos casonas de algo más que fin de semana, donde todo lo envuelve el olor a la flor de albaricoque. Auténtico frenesí pituitario para despedir la claridad del viernes.

 

 

Entre manzanos alineados, injertados, podados, irrigados con goteo, entre quemadores fabricados de ramaje y residuos de la agricultura, entre el canto de varios palomos torcaces al acecho de las hembras ya en celo, entre el correteo de los conejos y las liebres y los zorros. Entre tanto riu rau, tanto paisaje inhóspito y familiar al mismo tiempo.

 

 

 

Las cosquillas empiezan a apretar en las plantas de los pies, en las piernas de arriba abajo tras los doce kilómetros sin parar como quien dice, salvo para invocar a esa Verge dels Esbarzerets para pedirle lluvia inminente.

Cosquillas que se intensifican en el momento que observamos en la distancia, cada vez más impresa en la retina de la infancia, ese puente del tren inejecutado por donde pasaban los Seat 600 y los 124 y toda la familia cantaba al completo y al unísono aquello de Eh!!!! tras salvar el desnivel imperecedero del asfalto.

 

 

 

Así llegamos hasta ese reducto paradisíaco, ese pedazo de Jijona desgajado, encumbrado, donde hasta el crepúsculo parece de ensueño.

 

Porque ver anochecer desde el entrador de la Sarga, aun en manga corta en pleno invierno, es placer de adultos, siempre nexo del sosiego y la paz y, por qué no, el bienestar espiritual.

Haga o no caso la Verge dels Esbarzerets a nuestra rogativa, a nuestra invocación, para poner siquiera algo de remedio.

 

 

 

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