Fecha actual:14 agosto, 2022

Sentida despedida del turronero Iborra de Valladolid por el diario El Norte de Castilla

Manuel Iborra Sánchez, en el homenaje que en febrero de 2018 le hicieron el Ayuntamiento y Fecosva. / C. ARRANZ

Manuel Iborra Sánchez, en el homenaje que en febrero de 2018 le hicieron el Ayuntamiento y Fecosva. / C. ARRANZ

 

Fallece Manuel Iborra Sánchez, la tercera generación de maestros turroneros

Emblema de Valladolid, murió a los 87 años el día 25 por el coronavirus en el Hospital Río Hortega

RICARDO SÁNCHEZ RICO   /Palencia  http://www.elnortedecastilla.es

El preferido de un servidor es el de ron con pasas. El barquillo es lo de menos, aunque se pierda la esencia del producto. Mejor en una tarrina de medio litro (al menos). A igual calidad, mejor siempre cantidad, y de ambas hay a espuertas en Helados y Turrones Iborra, ese pequeño local situado en la calle Lencería en la que Manuel Iborra Sánchez, la cuarta generación de maestros turroneros alicantinos que se han convertido en símbolo en Valladolid, expedía los tickets al lado de la caja previo paso a que uno se volviera loco eligiendo el sabor del helado a tomar. Con los turrones en invierno se juega también a seguro, aunque en ese caso, en opinión del que escribe, el blando de Jijona es un clásico.

Manuel Iborra Sánchez no daba ya ‘palique’ en la caja desde hacía años, pues sus hijos regentan en la actualidad este negocio al lado de la Plaza Mayor. Él descansaba en su residencia, aquejado de insuficiencia respiratoria pero con una «una vida normal», según señala Manuel, el segundo de los cuatro hijos del maestro (la mayor es Carmen, y tras Manuel están María del Mar y Antonio). Hasta que dio positivo al término de la Semana Santa en la prueba de la covid-19 que le fue realizada en el centro y pasó de asintomático a agravarse su estado de salud, hasta fallecer el día 25, a los 87 años, en el Hospital Río Hortega.

«El Domingo de Resurrección le dieron el resultado del test y era positivo, pero asintomático. Así estuvo unos días, pero se le fue complicando con una neumonía bilateral y hubo que ingresarle el lunes pasado en el Río Hortega. Allí ha estado hasta que murió el día 25 por la noche», comenta con dolor su hijo Manuel, que como el resto de sus hermanos, no pudo acompañar a su progenitor en los últimos momentos de su vida. «Es una situación increíble, quién iba a decirnos que íbamos a perder seres queridos por la covid-19, que íbamos a estar confinados en casa, con los negocios cerrados. Es una catástrofe humana y económica, de la que muy bien no saldremos», incide Manuel, que recuerda entre tanta pena la alegría de su padre.

«Siempre estaba sonriente, era muy atento con los clientes y les daba buena conversación. Era una buena persona», agrega Manuel, que detalla cómo su padre, en los muchos viajes que tuvo que hacer entre Valladolid y Jijona, se hizo un gran experto en restaurantes y recomendaba siempre en cuáles parar a comer.

Jijona, epicentro del turrón, era la tierra natal de Manuel Iborra García, bisabuelo del octogenario ahora fallecido que llegó a finales del siglo XIX a Valladolid con unos tíos que se habían ocupado de él en la adolescencia. Vino a vender turrón en un modesto local y como le gustó la ciudad, decidió establecerse por su cuenta con una pequeña fábrica en su pueblo donde, durante dos o tres meses al final del verano, producía el turrón que se traía después en ferrocarril hasta Valladolid en vísperas de las fiestas navideñas.

Desde 1900, el fundador de la dinastía Iborra solo faltó a su cita de 1936 a 1939, según incidía el periodista José Miguel Ortega el 2 de marzo de 2018, durante el homenaje que el Ayuntamiento y la Federación de Comercio y Servicios de Valladolid rindieron a Manuel Iborra Sánchez. Lo más llamativo del industrial turronero era que mudaba frecuentemente de establecimiento para vender sus productos. Alquilaba parte de algún comercio o subarrendaba temporalmente el local completo y así fue pasando sucesivamente por establecimientos, poniendo un anuncio por palabras en El Norte de Castilla y esperando la respuesta de los vallisoletanos, antes de establecerse, en 1957, en un local fijo y propio, en la calle Lencería.

Pese a tanta itinerancia, Iborra gozó siempre de la confianza de los vallisoletanos, a pesar de que el turrón nunca fue un producto barato

«Pese a tanta itinerancia, Iborra gozó siempre de la confianza de los vallisoletanos, a pesar de que el turrón nunca fue un producto barato. El que se vendía en los puestos callejeros, a 12 pesetas la barra de medio kilo, era más asequible, pero el de cierta calidad andaba, en 1947, entre las 38 y 50 pesetas el kilo, que con los sueldos de entonces representaba un esfuerzo económico para muchas familias. Aún así, las tradiciones estaban por encima de todo y, en los difíciles años de las cartillas de racionamiento, el 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el turronero de Jijona hacía una recaudación de 8.000 pesetas que se superaba con creces, claro, un par de semanas después en las fiestas navideñas», añadía José Miguel Ortega.

En aquel tiempo, Manuel Iborra tenía que pasar por el fielato, aduana de consumos que en los primeros años del franquismo vigilaban las entradas de la población. Se le pesaba el producto que había llegado tras un largo viaje a la estación del Norte, pagaba sus impuestos correspondientes y, más o menos desde el 20 de noviembre hasta Nochevieja, se dedicaba a endulzar el paladar de los vallisoletanos», añadía José Miguel Ortega.

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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