Fecha actual:15 octubre, 2019

Xixona vale la pena; haberte conocido, también

Mientras los boixets de las fábricas de turrón daban los primeros golpes secos y perseverantes de mortero de la jornada sobre una masa esponjosa de almendra, miel, azúcar y clara de huevo para engendrar esa exquisitez que se llama turrón de textura blanda o Jijona, la noticia de su fallecimiento corría como la pólvora, dentro y fuera de los obradores. Eran las siete de la mañana y hasta el subdirector de ‘Información’ y amigo común, Jorge Fauró, (quien, por cierto, ha desfilado, caña en mano, con la filà Cristianos de Xixona por gentileza del ‘Alicantí’) me daba la triste noticia: ha fallecido José Enrique Garrigós.

De él se ha escrito y mucho desde esa hora en las redes sociales y en ediciones digitales de varios periódicos, nativos o no. Un hombre bueno, campechano, amigo de sus amigos, dialogante, divertido, bromista, trabajador y, sobre todo, excelso embajador de su pueblo, Jijona, al que ha llevado por bandera dentro y fuera de España durante el último medio siglo. Creo que no exagero si afirmo que el mejor embajador del turrón con más historia y tradición del mundo y, por extensión, del pueblo que lo inventó hace quinientos años.

Miembro de una saga de turroneros jijonencos, era un empresario casi hecho a sí mismo, poco ducho en la palabra (su oratoria no era precisamente su fuerte), pero riquísimo en gestos que desparramaban bonhomía, generosidad y unidad en favor de los empresarios a los que representaba desde los años 80 en el Consejo Regulador. Y, en consecuencia, también de los trabajadores. Porque el Garri vendía la marca Jijona desde cada puesto público que ocupó (Cámara Comecio, Origen España, Origin) e incluso desde su actividad más personal y privada. De día y de noche.

Muchos son los símiles que los auténticos faraones de la industria del turrón me han ofrecido para definir a quien sólo le ha faltado ser alcalde de su pueblo natal. Pero me quedo con uno: El Garri era capaz de vender un trailer de 15 toneladas lleno de lo que sea, a buen precio y cobrar la mercancía en tiempo y forma. Es decir, un encantador de serpientes con la sangre comercial sellada a fuego en su cabeza y en su corazón.

Un embajador así pocos detractores, creemos, tenía en su pueblo y si los tuviera eran más fruto de la envidia que de otra cosa. Tampoco fueron mayoría sus enemigos en la Cámara de Comercio, pese al ruido de sables que hubo durante el proceso para su segunda elección. Era un tipo con ganas de progreso, tolerante con los políticos de izquierda y de derechas y un cultivador de éxitos colectivos, por ello siempre se hizo rodear de buenos y leales colaboradores y amigos.

Ha sido pregonero de su pueblo natal y veraniego (su también Dénia del alma) y ha recibido la insignia de oro de Xixona, cuyo Ayuntamiento acertadamente acaba de decretar dos días de luto oficial con las banderas a media asta. Insisto: sólo le ha faltado ser alcalde del seu poble y creo que lo merecía ampliamente. Un cargo con el que, a poco dudarlo, hubiera dejado su impronta para mejorar la calidad de vida de los xixonencs y faena para cuantos más, mejor. Pero no se atrevió con las aritméticas electorales ni con las marcas de partidos, siquiera fuera uno independiente. Sólo le faltó esa decisión, aunque su innegable e infatigable trabajo de campo empresarial y de relaciones públicas bien merecería, como poco, que una calle o una plaza de su querida Xixona le recordara de por vida.

El último sábado de julio (señal o inicio de sus queridas fiestas de moros y cristianos) le saludé por última vez. Tomaba un aperitivo con su mujer, una de sus hijas y nietas plácidamente en la terraza del famoso bar Quicorro. Nunca olvidaré ese saludo, aunque fuera más gélido y triste de lo habitual en él. Tampoco caerán en mi olvido las luces de neón que años atrás, en el epicentro de la peor crisis en España, colgaba cada mes de diciembre de la factoría Enrique Garrigós Monerris (EGM): ‘Xixona vale la pena’. La leyenda la acogí al principio con una pizca de escepticismo, como acto de cierto friquismo. Pero nada más lejos de la realidad: era la esencia de su ser al servicio de un colectivo llamado Jijona y que lucha a diario por endulzar la Navidad de España y de medio mundo. Un icono de lo que deberíamos hacer los 7.000 jijonencos para hacer de este pueblo un pueblo mucho más universal.

Hace justo dos meses que lancé la campaña (que sigue su curso) para que el Consorcio Unicode de California apruebe el emoji del turrón como forma para dar a conocer aún mucho más el turrón made in Jijona. El Garri me dio ánimos desde el primer día. Aliento, ilusión, perseverancia. Lo que a él le sobraba en cada faceta de su vida. Por eso, si el dichoso emoticono se hace realidad, a él se lo dedicaré el primero.

Xixona entera llora hoy su pérdida. Plácidamente o un poco menos despierta de la siesta agosteña y ya lo echa a faltar. La Penya Reona de la Carrasqueta, su particular atalaya desde la que se toca el cielo, también lo tira de menos y caen gotas de lívida lluvia que más parecieran lágrimas que otra cosa. Lágrimas dulces de tu querida Xixona. DEP Alicantí.

 

Bernat Sirvent Coloma

La vida es corta, pero dulce! La vida és curta, però dolça!

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